De influencers… y otros vividores

No es mi objetivo ofender a ningún sujeto en particular y, sin embargo, creo que más de alguno se dará por aludido. Es algo que (aunque viene de largo), este año ha sido la gota final que ha derramado el vaso a raíz de las primeras pasarelas y de conversaciones que no paran de repetirse en mis redes. Os muestro un ejemplo:

-Diseñador ‘X’: Hola Aïda. Te escribo porque me encanta tu blog y quería saber cómo trabajas. (esta última frase es la frase clave)

-Yo: ¿? Hola! Gracias. Pues voy a un desfile, hago fotos, disecciono las colecciones, la costura, todo el trabajo que hay detrás, el diseño, bla bla bla…

-Diseñador ‘X’: Ya. Pero qué cuánto dinero cobras por sacarme en tu blog, por post, por foto en Instagram… Es que [inserte nombre de “influencer” /cuenta de ig aquí] me ha pedido dinero por dejarle un traje/me ha pedido dinero por sacarme en Instagram.

-Yo: ¿¿¿¡¡¡MANDE!!!???

Y ASÍ SUCESIVAMENTE VARIAS VECES DURANTE LA TEMPORADA.

Entonces diréis: Vamos a ver Aïda, ¿dónde quieres ir a parar? No doy más rodeos. A esas personas que se autocalifican (o se creen) influencers de moda flamenca o cuentas de instagram dedicadas a ello y su filtro de calidad, o, mejor dicho, a su falta de filtro.

Vivimos en la era de los influencers. Personas que se anuncian, ponen precio a su cara, su cuerpo, son su propio escaparate para marcas y diseñadores y muchas personas han hecho de ello su profesión y método de ganarse el pan. No entro a discutir si es una profesión real o no, porque si algo me ha enseñado la experiencia (y por qué no decirlo, la edad), es que meter a todo el mundo en el mismo saco es injusto y sé que hay personas que sí trabajan (lo que se viene conociendo del verbo trabajar trabajar) de esta actividad.

Estos “influencers” por llamarlos de alguna manera, cobran (obviamente). El problema es que te cobran a ti, diseñador con talento, y te cobran a ti, Modas Mari Pepi. Si su labor fuese meramente expositiva, no habría problema, el inconveniente y, sobre todo, la incongruencia, viene del alabo, la adulación repetitiva en bucle en redes, el agasajo, la glorificación divina de esos diseños. Es decir, si pagas, tu colección será la mejor, la mega colección del año, saldrá en stories, fotos individuales y un largo etcétera. PERO OJO, no será la única. Si pagan diez diseñadores, habrá diez súper colecciones, si pagan treinta, habrá treinta y si pagan tres, pues tres.

¿Lo más triste? Los magníficos diseños y artistas que pagaron el año anterior pero que este año no han repetido aflojando la cartera, esta temporada prácticamente no existen. Esas amistades se han evaporado.

Aunque reconozco que como mera espectadora, ver que la picaresca española no tiene límites es cómico, esta situación es más bien es una tragicomedia griega donde sus protagonistas luchan día tras día por inventarse un negocio nuevo con un único objetivo: vivir del cuento.

Pero no vamos a cargar única y exclusivamente contra los dandies de la moda flamenca 5.0. Hoy, también cuestionamos a muchos de esos diseñadores. Te hablo a ti, si directamente a ti, diseñador que pagas no ya a una famosa, que se entiende que te quieras ver en el Hola, o en la tele. No no, te hablo a ti, que después de haber ideado, creado y currado una colección entera, después de haber pagado para subirte a la pasarela, después de que tus clientas pagan hasta el último céntimo del vestido, vas y PAGAS para que una lechuguina de la moda flamenca lleve un vestido tuyo a la feria.

Pagas para que después de todo el esfuerzo que te ha costado llegar donde estás, comparen tu trabajo, tu empeño y tu sudor, con Modas Mari Pepi (que tienen también todo el derecho a vender moda flamenca si quieren) y os pongan al mismo nivel. 

Os lo explico con otro paralelismo: es como si Vogue permitiese a cualquiera anunciarse en sus páginas por el mero hecho de pagar. Es como si Stephan Rolland y Josefa López compartieran páginas. ¿A que no os lo imagináis? Pues eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en el panorama de la moda flamenca. Ni más ni menos.

No soy nadie para dar consejos, pero sí que puedo compartir una experiencia. La experiencia de una mujer trabajadora, que se levanta cada día para ganar un sueldo, que trabaja cada año en un diseño, que disfruta de lo que hace. Esa experiencia es que no hay nada más bonito en este mundo que ver cómo tu trabajo cosecha sus frutos por sí solo, sin obras ni artificios, sin tejemanejes ni enredos.

Y eso señoras y señores, no tiene precio. Para todo lo demás…. Mastercard

Y tú, ¿qué opinas?

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